El
crecimiento de los hogares y la renta provoca que los españoles hayamos pasado
de gastar menos de lo que necesitábamos a más de lo que podíamos en los últimos
40 años
Vivimos
en un mundo lleno de contradicciones en el que hay gente tan pobre que no puede
permitirse las cosas más básicas y necesarias y, al mismo tiempo, muchas
personas tienen una gran cantidad de cosas que realmente no necesitan.
Este
consumismo se alimenta de la influencia de la publicidad, basada en falsas
ideas tales como que la felicidad depende de la cantidad de cosas que tenemos.
Así se acaba creando una sociedad donde lo más importante es conseguir dinero
para poder adquirir esos productos que generalmente no necesitamos. Existe un
estudio realizado por la Dirección General de Consumo de la Junta de
Comunidades de Castilla-La Mancha donde se observa que un 35% de los hombres y
un 33% de las mujeres tienen problemas de adicción a las compras, y en el caso
de los jóvenes asciende al 46%.
Además
de la publicidad, otras cosas incrementan este consumismo, como el crear
productos de usar y tirar o de mala calidad obligándonos a volver a comprarlos,
ya que te sale más caro reparar el producto que comprar uno nuevo.
En
mi opinión, para solucionar este problema lo mejor sería educar a la gente en
temas como la importancia del reciclaje o el no malgastar recursos en cosas que
realmente no necesitan.
“Seremos mucho más felices si dejamos de
caer en el consumismo”
“Julián
García afirma que "el conocimiento y la tecnología han creado un
crecimiento egoísta”
Su
aspecto bohemio no engaña. Julio García Camarero (Madrid, 1936) habita entre
libros subrayados con vehemencia y lleva una vida espartana, aliñada por su incansable
pasión por el cine y la lectura y salpicada por la actualidad. Esta formación
humanista se complementa con los diferentes trabajos de campo que ha realizado
y que desde hace ocho años refleja en la filosofía del decrecimiento. Sobre
esta teoría, versada en la racionalización de la producción y el consumo, ya ha
publicado tres libros. Y no deja de hacer talleres y dar charlas tanto en el
barrio valenciano donde reside, Russafa, como en ciudades como Roma. Es autor
de El crecimiento mata y genera crisis terminal (2009) y El decrecimiento feliz
y el desarrollo humano (2010).
En
las más de 1.000 páginas que lleva escritas, ha querido hacer un repaso al modo
de vida occidental y a las oportunidades que provee la crisis actual. Según el
autor, el progreso del conocimiento y la tecnología han provocado la
disminución de la necesidad del “trabajo enajenado o asalariado” y han creado
un crecimiento “competitivo y egoísta, explotador del hombre y de la
naturaleza”. Ante esta amenaza “deshumanizadora e irrespetuosa”, él propone un
“decrecimiento feliz”. “Las necesidades humanas para el desarrollo son la
subsistencia, el afecto, el entendimiento, la identidad, el ocio, la
protección, la participación y la libertad”, explica. Unos valores que se
alejan del “consumismo asesino” para abrazar un “consumo responsable y sano”.
Algo
que conoce de cerca. Después de varias décadas al frente de la unidad de
investigación de la Consejería de Agricultura y de ser uno de los fundadores de
la primera asociación ecologista valenciana (la Asociación Valenciana de
Iniciativas y Acciones en Defensa del Territorio, Aviat), este ingeniero
técnico forestal ha llegado a la conclusión de que la felicidad no está ligada
al consumo. “Seríamos más felices si dejáramos de caer en el consumismo, porque
contaminaríamos menos, agotaríamos menos recursos, trabajaríamos menos y
tendríamos más tiempo para divertirnos y para las relaciones humanas”, señala.
En
sus más de 35 años como trabajador del sector público, pudo comprobar los
diferentes tipos de sistemas agrarios utilizados en varios países. En una
ocasión acudió a Cuba. Allí pasó más de un mes como alumno de la Universidad de
la Habana en un pueblo, Guira de Melena, situado cerca de San Antonio de los
Baños, a pocos kilómetros de La Habana. “La revolución cubana no se hizo en
Sierra Maestra, que fue violenta, sino cuando se inició con la Agroecología”,
argumenta. “Pero eso sí, siempre había la misma comida: arroz y frijoles”,
sonríe, “aunque los desayunos con frutos tropicales eran exquisitos”.
Esa
inquietud por conocer le llevó más tarde, cuando dejó su puesto de trabajo, a
emprender varios viajes por el continente sudamericano. De allí se nutrió del
material que utiliza en su último libro, El crecimiento mesurado y transitorio
del sur, que editó el pasado verano y que cierra la trilogía dedicada al
decrecimiento. En este volumen matiza sus pensamientos anteriores adecuándose a
la coyuntura de estos países. Unos estados que coloca entre los seis mundos
existentes, según su taxonomía. “Hay un Primer Mundo prepotente, solvente y
consumista”, aclara, “y otros cinco depauperados, llenos de deudas y poco
solventes”. “En los mundos periféricos, donde no hay casi economía, no se puede
decrecer. Tendrán que crecer, pero de una forma mesurada, para no caer en los
errores del Primer Mundo o de China”, argumenta.
“El
crecimiento es la acumulación —por parte de unos pocos— de la riqueza,
producida a partir del agotamiento de los recursos del planeta y de la
explotación y empobrecimiento de muchas personas”, asegura. Para cada
explicación recurre a algún autor o ejemplar. Al final de la conversación se
apilan varios volúmenes encima de la mesa de su estudio. En este mismo espacio
tiene una copia de bolsillo de la constitución de la república bolivariana de Venezuela,
“la misma que enseñaba Hugo Chávez por la tele”.
De
aquellos tiempos, apunta, provienen las primeras denominaciones liberales. “A
finales del siglo XIX se habló de prosperidad; después, de progreso, que se
equipara al productivismo; más adelante, el capitalismo en boca del presidente
Truman se introdujo el término de desarrollo; y con el neoliberalismo se habla
de crecimiento”. “El lenguaje es importantísimo”, recuerda antes de desgranar
sus conclusiones: “Se habla de decrecer como si fuera negativo. Hay un
decrecimiento (el de los recortes) que es negativo, pero otro que es positivo”,
arranca. “El problema no son los puestos de trabajo sino las horas de trabajo.
Si en lugar de tener 40 horas laborales semanales se redujeran a 12, y se
repartieran entre todos, todos tendrían trabajo y habría más tiempo para las
relaciones humanas. Y se sería más feliz y se contaminaría menos”, concluye.
Los sabios piden frenar el crecimiento de la
población y el consumo voraz
La
comunidad científica envía su llamamiento a la Cumbre de Río
Si los habitantes de la Tierra no
modifican radicalmente sus hábitos de consumo voraz y la población mundial
continúa creciendo de manera descontrolada, las consecuencias para la
naturaleza y, consecuentemente, para las generaciones venideras, serán nefastas.
Es la reflexión que la comunidad científica internacional ha querido llevar a
la mesa de negociaciones de la Conferencia de Naciones Unidas sobre Desarrollo
Sostenible Rio+20, que ya ha arrancado en la ciudad más turística de Brasil con
asistencia masiva de gobernantes, instituciones, organizaciones de diversa
índole y corporaciones de medio mundo.
En un documento rubricado por
Global Network of Science Academies (IAP), un think tank de la comunidad
científica con sede en Trieste (Italia) que engloba a 105 academias de todo el
mundo, se alerta por primera vez de los riesgos del consumo en los países del
primer mundo y de la falta de control demográfico, principalmente en las
naciones en vías de desarrollo. “Durante mucho tiempo el doble debate sobre población
y consumo ha estado fuera de la agenda debido a sensibilidades políticas y
éticas. Son asuntos que nos afectan a todos, países desarrollados y en
desarrollo, y debemos asumir nuestra responsabilidad colectiva. Los actores
políticos tienen ahora una excelente oportunidad para lanzar esta iniciativa en
esta cumbre internacional de Río”, afirman los presidentes del IAP, los
profesores Howard Alper y Mohamed Hassan.
La declaración difundida por la
comunidad científica parte de datos tan sangrantes como estos: actualmente por
las calles y autopistas de EEUU circulan tres vehículos de motor por cada
cuatro habitantes. En las últimas cuatro décadas el consumo de alimentos en el
planeta ha aumentado un 15 % (en términos de calorías) mientras casi mil
millones de personas siguen mal alimentadas. La población mundial alcanza hoy
los 7.000 millones de habitantes pero, si no te toman medidas urgentes, la
previsión es que llegue, en el mejor escenario, a los 9.500 millones en 2050.
“Aunque nos parezca que 2050 está
lejísimos, nos queremos adelantar a los acontecimientos e intentar que la voz
de los científicos sea oída. Este crecimiento se dará principalmente en los
países subdesarrollados y podemos llegar a una población de 11.000 millones de
habitantes. Esto, lógicamente, no es positivo si se tiene en cuenta que esos
países no están preparados para resolver sus problemas actuales y que con más
población estos problemas no harán más que agravarse”, explica Francisco García
Novo, catedrático de Ecología de la Universidad de Sevilla y miembro de la
Comisión de Relaciones Internacionales de la Real Academia de Ciencias.
“Tenemos que presionar localmente
para tener comportamientos de consumo más sensatos. ¿Por qué en España tenemos
que tener más trenes de alta velocidad que en países desarrollados mucho
mayores?, ¿para qué tantos aeropuertos? Estos excesos son equiparables a las
hamburguesas de 800 gramos que tanto les criticamos a los norteamericanos. La
conclusión del documento del IAP es que no es necesario vivir así. O mejor aún:
es necesario no vivir así”, sentencia García Novo.
En la declaración de la comunidad
científica se señala que las pautas de consumo exacerbado del primer mundo se
están desplazando peligrosamente a los países en vías de desarrollo: millones
de teléfonos móviles y toneladas de comida basura que invaden los hogares
pobres son indicadores claros de esta problemática. La ausencia en los países
pobres de políticas de planificación familiar o de prevención de embarazos
tempranos termina de configurar un sombrío escenario de sobrepoblación. “Se
trata de dos problemas convergentes que por primera vez analizamos de forma
conjunta”, afirma García Novo.
El documento que llega a la mesa
de negociaciones de Rio+20 no se limita al análisis de un grave escenario, sino
que también plantea varías líneas de acción para conjurar males mayores, como
“la inclusión de los factores población y consumo en las políticas de reducción
de la pobreza, gobernanza global, educación, salud, igualdad de género
biodiversidad y medioambiente”. “La educación es clave para que las nuevas
generaciones entiendan que el actual es un mal modo de desarrollo y un mal modo
de vida”. Este debate, como casi todo el contenido de esta cumbre, llega al
Rio+20 en un mal momento. En plena crisis, buena parte de los líderes ni
siquiera acudirán a la ciudad brasileña.
La sociedad de consumo ha muerto
Las
economías emergentes siguen deslumbradas y en plena fiesta consumista mientras
las consolidadas se han vuelto exigentes
Se acabó. Se acabó la fiesta y se
acabaron las ganas de ir de fiesta. La sociedad de consumo ha muerto. Por lo
menos tal y como la conocemos ahora, por lo que el consumo no nos sacará de la
crisis. Lo explica el estudio de los profesores Josep María Galí y Guillem
Ricarte, realizado para Creafutur y Esade. El informe, presentado esta mañana,
señala que la actual crisis de la deuda y consecuentemente del consumo “es un
síntoma de un fenómeno de mayor calado, un movimiento más de fondo, una
transformación social” de la que las empresas deben tomar nota para enfocar sus
negocios. El trabajo se basa en más de 3.500 entrevistas sobre costumbres,
entrevistas en grupo y on line realizadas en 10 países. Su conclusión es que
“vamos hacia una sociedad en la que las decisiones de los consumidores
incorporan consideraciones sociales y colectivas y en las que las decisiones
individuales de consumo se tomarán teniendo en cuenta su repercusión social”,
ha explicado Josep María Galí.
En un lenguaje coloquial que no
abunda en los informes y que es muy de agradecer, el estudio habla de tres
modelos de consumo vinculados a situaciones económicas. El amarillo, que
corresponde a las economías emergentes (China, Brasil o todavía algo en
España), es el de la fiesta que desencadenan las expectativas de crecimiento.
El consumo de la publicidad seductora, la religión de las marcas, del usar y
tirar y la obsolescencia programada.
El mundo rojo, al que
pertenecen España, Estados Unidos, Reino Unido o Francia, es el del consumidor
frustrado, cabreado por un “calentón que ha derivado en un incendio” provocado
por la crisis y el gastar lo que no tenemos. En el mundo rojo, el nuestro, los
consumidores salimos de “el sueño irreal” fruto del crédito y somos
desconfiados: desconfiamos del estado, de la política, los agentes financieros
y las grandes empresas. Una desconfianza que alcanza a las marcas, “a quienes”,
dice el estudio, “se acusa de no pensar en los intereses de los consumidores,
de prepotencia e incluso de manipular la obsolescencia y de practicar una
mercadotecnia intrusiva y poco respetuosa”.
El tercero es el mundo azul, al
que pertenecen economías como Alemania o Suecia, donde los consumidores se
vuelven exigentes e incorporan sus preocupaciones en los actos de consumo.
Aspectos como “la sostenibilidad, la seguridad, la secularidad o la solidaridad”.
El mundo azul exige. Exige alimentos saludables, seguros y de proximidad; busca
comprar en grupo y cerca. Exige a la banca que “vuelva a sus orígenes y se
preocupe del ahorro de los clientes y de financiar empresas”. Exige seguridad a
las redes de comunicaciones; a la industria alimentaria que luche contra la
obesidad; al transporte que sea sostenible, combinado y compartido; y al
turismo que pase del low cost al without cost (el intercambio).
En este mundo azul la
mercadotecnia se ve obligada a cambiar. De la agresividad y el “vender a
cualquier precio”, que frustran a los consumidores, debe pasar a “a entender
los problemas de la gente e innovar para proponer soluciones de futuro”.
Estrategias en las que ya no vale infundir miedo, sino que deben mostrar más
los valores de usar que de tener, solucionar problemas y ayudarnos a vivir como
queremos vivir y no cómo queremos que nos vean por lo que compramos.
“Hay más oportunidades en innovar
para ahorrar problemas a la gente, que ahora tiene muchos, que en prometer el
cielo”, asegura el estudio en sus últimas líneas. “El consumo seguirá siendo
imprescindible para el bienestar, pero perderá centralidad en un contexto
social en el que los valores de la seguridad, solidaridad, secularidad y
sostenibilidad ganan valor”, concluye. “Será el final de la sociedad de
consumo, una sociedad de ciudadanos conscientes de la escasez en la que el
consumo no será cosa de consumidores sino de ciudadanos”.
El consumismo en óleos de origen turco
16.07.2011 -
01:00
Pintora La artista turca
Asli Özok completa sus estudios de Bellas Artes en la Universidad de Sevilla,
donde realiza su doctorado. Su pintura, figurativa y conceptual, se caracteriza
por el uso continuado de códigos de barras e imágenes superpuestas reconocibles
en la sociedad de consumo.
Turquía la vio nacer y Sevilla le ayudó a crecer como
artista. Desde hace casi dos años, Asli Özok, natural de Ankara, convive con
los andaluces al tiempo que realiza su doctorado en la Universidad Hispalense.
"Cuando visité el MOMA en Nueva York me impresionaron los autores
españoles contemporáneos y decidí trasladarme aquí". Pero ¿por qué
Sevilla? "Andalucía es la auténtica España, además de un lugar muy
tranquilo para trabajar y vivir, aquí nunca te aburres, aunque es cierto que
tienes que hacer contactos fuera para prosperar". En sus óleos,
"figurativos y conceptuales", la artista rompe la previsibilidad de
las formas a través de una serie de permutaciones. En su trabajo, explora el
culto a las marcas y la exaltación del consumo con un alto sentido crítico a
través de una procesión desordenada de imágenes, personas, animales, objetos e
ideologías, todos superpuestos por códigos de barras que marcan el carácter
consumista y la identidad colectiva, seriada e impersonalizada de la sociedad
actual. La última exposición de Asli Özok en Sevilla fue en la sede central de
RTVA en abril bajo el título de Códigos. Sus cuadros han visitado
Estambul, Sofía, Chicago, Lisboa y, en los próximos meses, tiene previsto
exponer en Florencia, Oporto, Los Ángeles y Jaén. "Para un artista es
fundamental viajar, aunque, es cierto que, cada vez que regreso a Sevilla, me
gusta más la ciudad".
02.05.2008 - 13:18
La subida del precio de los alimentos básicos, en especial el pan
y la leche, es el último golpe a las economías familiares tras el alza de los
hidrocarburos y del Euríbor. Los andaluces comienzan a cambiar los hábitos a la
hora de hacer la compra, afrontar grandes gastos o emplear el tiempo de ocio.
La última cosecha del cereal en
Australia ha sido bastante mala. Y eso ha encarecido el precio del pan en los
mercados de Sevilla, Cádiz, Córdoba, Huelva y el resto de provincias de
España. La globalización ha
alcanzado hasta este punto al sector alimentario, que en estos últimos meses
se está enfrentando a una de las
mayores crisis de las últimas décadas. Y no sólo por la insuficiente producción
de algunos de los países productores, como Australia. También por la creciente
demanda de zonas emergentes y superpobladas como India y China. Es un efecto en
cadena: los habitantes de estos países consumen cada vez más productos cárnicos
y el cereal es el ingrediente fundamental del pienso con que se alimenta al
ganado. Consecuencia: sube el pan, suben muchos tipos de carne y sube la leche,
tres de los elementos esenciales de la dieta. Y si la producción necesaria para
abastecer a estos territorios es menor, la crisis está servida.
La subida del precio de los
alimentos, que ya sufren los hogares, se suma a las continuas alzas del
Euríbor, el índice del crédito hipotecario mayoritario, y al por ahora
imparable ascenso de los hidrocarburos. Las economías familiares, cada vez con
menos recursos, se aprietan el cinturón. Loli Ramos, Rosa Andamoyo y Ana María
Ortega son miembros de la Asociación provincial de Amas de Casa Virgen del
Rosario Consumidores y Usuarios, con sede en Cádiz. Las tres pasean por un
hipermercado y reflexionan sobre su situación. “En Navidades te haces a la idea
de que todo sube. Luego llega la cuesta de enero y, cuando ya creías que ibas a
recuperarte, ves que ya no se puede porque todo sigue subiendo”, dice Loli
Ramos. La situación llega al extremo de que un carro de supermercado “ya no
baja de 40 ó 50 euros mensuales, que son 8.000 pesetas”, dice Rosa Andamoyo. Un
dato que ha contribuido a que la cesta de la compra de una familia media pase
de seiscientos a ochocientos euros mensuales. María Ortega, por ejemplo, lleva
dos cuentas: una para la comida, de doscientos euros semanales, y otra para el
resto de gastos. “Antes el sueldo daba para llegar al día 20 bien, pero ahora
no pasas del 15”, afirma Loli Ramos, que siempre que puede recurre a las
ofertas. Éste es otro efecto de esta crisis: los supermercados, para mantener
la demanda, se han lanzado a publicitar múltiples fórmulas de descuento. Según
estas expertas amas de casa, eso puede suponer un ahorro de quince euros de
media en cada compra.
Las tres coinciden en que el
impacto sobre el mercado de esta inflación alimentaria obligará a retornar a
costumbres alimenticias pasadas. “Hemos acostumbrado mal a nuestros hijos y
ahora tenemos que enseñarles a valorar la comida”, asegura Ana María Ortega,
que augura un regreso a la barra frente a la viena, o del puchero frente al
filete y el bocadillo, y cree que se comprará fruta menos variada, más pequeña
y por tanto más barata. También piensa que el ciudadano tenderá a controlar el
consumo del pescado frente a la carne, ya que el primero “está muy caro, y
además es sólo un segundo plato”.
Cereales, harinas, pastas,
margarinas, mayonesas, cervezas y arroces.
A juicio de Manuel Barea, presidente de la Confederación Andaluza de
Empresarios de la Alimentación, éstos son los alimentos que más están sufriendo
las consecuencias de la crisis en Andalucía. “Entre otras cosas es por la
producción de biocombustibles. Al menos ésa es la explicación que nos dan a la
hora de vender. Así el agricultor se hace fuerte, porque puede vender su
producción para otros usos”, afirma este empresario, que representa al sector
mayorista. Más caldo de cultivo para la crisis: el sector energético recurre al
cereal como materia prima con la que generar combustibles presuntamente limpios
con el medio ambiente. El relator especial de la ONU para el Derecho a la
Alimentación, Jean Ziegler, llegó a pedir hace unos días una moratoria de cinco
años para esta producción, porque, literalmente, está contribuyendo a aumentar
el hambre en el mundo, al emplear tierras de cultivo para este fin. La
Coordinadora de Organizaciones de Agricultores y Ganaderos (COAG) admite una
“cierta influencia” en la crisis, pero no fundamental. Y añade que sólo es
especialmente significativa en países concretos como Brasil. Según un informe
de la Comisión Europea, el año pasado sólo el 2% de la producción de cereales
se destino a fabricar bioetanol, un porcentaje que en España sube a algo más,
el 5%.
Aún hay una causa más de esta
carestía de la cesta de la compra: la especulación. Antonio Rodríguez, un
ganadero malagueño de 37 años, posee unas seiscientas cabras en el municipio de
Cedella, en la Axarquía. La leche que produce no es mayoritaria para el consumo
humano, pero es fundamental para la elaboración de cualquier queso. Tiene, por
tanto, una buena salida al mercado. Pues bien, hace sólo un año y medio compraba
el pienso a unas 35 pesetas el kilo. Ahora lo hace por 55. “Y seguimos
vendiéndola al mismo precio que antes a los intermediarios. Yo vendo seis
litros de leche, la cantidad necesaria para hacer un queso, a 3,2 euros y en el
mercado vale doce. Y sigue subiendo”. Los productores se quejan de que, en
sectores como el de la leche, apenas haya competencia en el sector de la
distribución, lo cual hace que los intermediarios puedan fijar precios más
baratos en origen y encarecerlos en destino. La organización de consumidores
Facua denunció el pasado mes de agosto, ante la Comisión Nacional de la
Competencia, un acuerdo entre las principales marcas de lácteos para subir el
precio de la leche. Entre ese mes y noviembre del año pasado soportó un
incremento medio del 26,4 por ciento. Según las estimaciones de Facua, las
marcas más baratas pasaron, en lo que se refiere a leche entera, de 0,50 a 0,69
euros el litro y las más caras de 0,89 a 1,05. Desde diciembre, el precio de
este producto se mantiene más o menos estable.
Sea por la creciente demanda, por
el uso de cultivos para generar combustibles o por la especulación en la cadena
de distribución, lo cierto es que suben cereales, pastas, margarinas,
mayonesas, cervezas y arroces. Y el aceite de girasol. Pedro Rubio, presidente
de la Asociación Nacional de Industriales Envasadores y Refinadores de Aceites
Comestibles, asegura que los precios se han disparado hasta un 40%,
fundamentalmente por el crecimiento económico de India y China. Sin embargo, y
a pesar de que el aceite de oliva se mantiene estable por la buena cosecha, las
ventas no disminuyen, a falta de saber las consecuencias de la crisis de la
semana pasada. Según Rubio, esto se debe a “una capa de clientes muy fieles”,
pero Álvaro Guillén, director de Comunicación de Acesur, una de las principales
empresas del sector, aporta un matiz: “En la coyuntura actual el efecto de la
crisis se nota sobre todo en la hostelería, donde se opta por los aceites más
baratos”.
Mariano Ramírez tiene 36 años y
regenta la bocatería y restaurante La Tahona, en el centro de Almería. Afirma
que la crisis le ha llegado, pero no tanto como se difunde desde los medios de
comunicación. “Aquí aguantamos hasta final del año pasado sin tocar la carta,
pero entonces llegó la subida del pan. A pesar de ser uno de los alimentos
base, mantuve el precio en la barra y subí diez céntimos el del servicio de
mesa”.
En otro punto de Andalucía,
Jerez, Francisco José Pruna atiende
todos los días a sus clientes en su puesto de fruta del mercado. Él sólo sabe
que hace años compraba su producto, todos los días, a cien mil pesetas en
Mercajerez y ahora lo hace a 1.000 euros. Cuando se le pregunta por la crisis,
lo primero que se le viene a la cabeza es lo siguiente: “La fruta viene en
camiones y el gasoil es más caro”. De los grupos de precios que maneja el
Instituto Nacional de Estadística para elaborar el IPC, el que más ha crecido
en los últimos cuatro años es, junto con el de la vivienda, el del transporte,
un 22,4%. Rafael Apelluz, de 44 años, es empleado de la gasolinera de Repsol
más céntrica de Huelva, junto al centro comercial Hipercor. Este tipo de
establecimientos funcionan como termómetros de la realidad social. “Todos los
días tengo que cambiar los precios de la gasolina, y eso es imparable. Vamos
cuesta abajo y sin frenos”, relata apesadumbrado Apelluz, quien añade un
detalle microeconómico de esta crisis del consumo: “Los que antes venían con
billetes para que les llenaras el depósito ahora sacan la calderilla del
bolsillo y van echando de diez en diez euros”.
Otro dato: el aumento de casos de
personas que se suministran la gasolina en el autoservicio y se marchan sin
pagar o se echan más litros de lo convenido.
¿Consejos? “Que llenen el depósito cada vez para salvar la subida
continua del precio y así ahorrar y que dejen de comprar vehículos de gasoil”,
dice Apelluz. Es la ley del péndulo. La creciente demanda del diésel, rentable
cuando el combustible estaba barato, y la mayor dificultad para obtener este
producto por parte de las petroleras, son las causas del cambio.
Los economistas saben que tan
dañina como la inflación es la deflación, la bajada de los precios. Y ésa es la
tendencia hacia la que se dirigen el sector inmobiliario y el del automóvil.
Respecto al primero, en el último trimestre, el coste de la vivienda libre en
toda España subió un 0,8%, muy por debajo del 4,5 del IPC. +
En Andalucía, el crecimiento fue
superior, del 2,6%, motivado por la inercia constructora tras varios años de un
boom mayor que en el resto del país y por el tirón del litoral. Aún así, los
precios siguen estando por las nubes. Desde 2004, el crecimiento ha sido del
22,9%. El índice al que están referenciados el 95% de la de las hipotecas, el
Euríbor, es ahora el más alto de los últimos ocho años, del 4,82%. Si la
tendencia sigue así, los créditos podrían subir entre 650 y 1.150 euros al año.
Y el gasto familiar destinado a la vivienda sigue creciendo: un 46,2%, tres
puntos y medio más que en 2007.
Con este panorama, es lógico que
haya descendido de forma drástica la demanda de vivienda. Y que la imagen
social cambie. Ya no es posible ver varias inmobiliarias por calle, pero el
mercado, aunque sin tanta fuerza, sigue ahí. Carlos Rueda es el delegado en
Málaga del portal idealista.com, dedicado a la venta de inmuebles. Al no necesitar un espacio físico para
funcionar, con el gasto que ello conlleva, el negocio ha sobrevivido con
holgura. Es más, Rueda asegura que “en los últimos seis meses ha habido un
aumento de un 48% en las búsquedas de vivienda por internet”, un medio que
parece sustituir en parte a la inmobiliaria tradicional.
Otro negocio que evoluciona es el
del automóvil. La compra de coche nuevo cae en picado, con un descenso del 5,8
por ciento en marzo respecto al año anterior. En general, los gastos que suelen
requerir de financiación, entre ellos el del vehículo privado, están sufriendo
una merma, por la reducción del poder adquisitivo de las familias y también por
la rigidez bancaria a la hora de conceder créditos. Rafael Fernández es un
joven cordobés que posee un concesionario dedicado a la compraventa. En su
empresa, el cliente elige modelo, color y equipamiento y él se encarga de
buscar el coche al mejor precio posible. El sistema le ha permitido sortear la
crisis, pero no se ha librado de un leve descenso de las ventas. “Tenemos que
ofrecer más ventajas, para que los clientes se decidan a comprar. Nuestro
objetivo es que la gente tenga confianza a la hora de comprar un coche de
segunda mano porque tiene todas las garantías”. ¿Efectos de la desaceleración?
Uno paradójico: “Antes se pagaba de una vez y ahora se tienen que pedir
préstamos”.
En los concesionarios de
vehículos nuevos, triunfan los de baja gama y los ecológicos, gravados con
menos impuestos. “La fabricación de coches comienza a hacerse tres años antes
de su venta, por lo que es difícil calcular el comportamiento del mercado. Lo
que ha ocurrido es que se ha generado mucho stock; el año pasado sufrimos mucho
y ahora estamos algo mejor”, señala Francisco Salazar, vicepresidente de
Faconauto, la organización que agrupa a los concesionarios. Los coches que
cuestan entre 25.000 y 35.000 euros, grandes beneficiados de la etapa de
bonanza, son ahora los perjudicados.
Todo encaja. El Euríbor sube y no
se conceden créditos con tanta facilidad. No hay dinero para lujos y, para más
inri, la parte de la nómina destinada a la alimentación también es mayor. Los
cambios en los hábitos de vida están servidos.